La vida…

Como es ella?

Pues casi nunca se maquilla

ni se peina y anda con

el alma alborotada,

Tiene heridas,

llora como una niรฑa, baila,

canta y grita como loca,

La vi luchar por sus sueรฑos,

En realidad, no hay nada que la detenga

A veces se cae pero siempre se levanta y vuela..vuela alto.

Es de noble corazรณn y alma de acero,

lleva el fuego en su piel y el cielo en los ojos,

le encanta el colacao por las maรฑanas y

una cerveza con amigos,

Tambiรฉn ama los abrazos por la espalda y los besos le apasionan.

Le gusta la mรบsica, las estrellas y la luna, un buen libro de amor o de guerras ..

Nunca puede faltarle la alegrรญa, y una bella compaรฑรญa.

Ama su soledad y disfruta de la buena compaรฑรญa,ย 

goza su libertad, pero no le teme a un buen amor.

Le encanta las peleas pero odia que le roben su paz.

Sabe cuidar y luchar por lo que ama,

pero tambiรฉn aprendiรณ a irse de donde no la saben valorar.

Y no es perfecta!

pero es la mujer que siempre quiso ser.


Lo que se nos da bien

Hay que ver lo bien que nos sale en este paรญs la coreografรญa del escรกndalo: primero el rumor, luego la filtraciรณn de sobremesa, despuรฉs el desfile de expertos de tertulia que opinan con la misma convicciรณn sobre un sumario que sobre el horรณscopo, y finalmente, el instante sublime en que un juez levanta la ceja y dicta prisiรณn provisional sin fianza. Y ahรญ, justo ahรญ, es cuando la realidad deja de ser noticia para convertirse en teatro documental con reparto de lujo.

El magistrado Leopoldo Puente, que al parecer aรบn cree en esa extravagancia llamada โ€œEstado de derechoโ€, ha decidido que Josรฉ Luis รbalos y Koldo Garcรญa duerman entre barrotes por un motivo tan simple como explosivo: existe, segรบn sus resoluciones, un โ€œextremoโ€ riesgo de fuga. La palabra โ€œextremoโ€ no se usa a la ligera; en boca judicial es como un trueno que anuncia tormenta. Viene a significar que alguien, en algรบn despacho, sospecha que nuestros protagonistas podrรญan salir del paรญs mรกs rรกpido que una maleta con ruedas corre por la Terminal 4.

No ayuda que se les atribuyan โ€œposibles dineros ocultosโ€ y โ€œcontactos internacionalesโ€. Quรฉ envidia, por cierto: la mayorรญa de los mortales no tenemos ni dinero a la vista, y nuestros contactos internacionales se limitan al algoritmo de Netflix que insiste en ponernos series coreanas.

El juez, cumpliendo con la solemnidad que exige el asunto, recuerda que la prisiรณn provisional no es un castigo, sino un cinturรณn de seguridad para que el proceso no descarrile. Una medida gravosa, sรญ, pero necesaria cuando se teme que las pruebas puedan desaparecer, que el delito se repita o que el acusado emprenda lo que los juristas llaman โ€œel vuelo del pavo realโ€: vuelos caros, discretos, y con destino a paรญses donde la palabra extradiciรณn suena a insulto.

En el caso de รbalos y Garcรญa, la balanza se ha inclinado por la vรญa dura. No solo por la gravedad de las penas โ€”esas cifras que oscilan entre los doce y los treinta aรฑos de prisiรณn y que marean mรกs que las subidas del eurรญborโ€”, sino porque el juicio estรก a la vuelta de la esquina y, de producirse una condena del Supremo, no habrรญa recurso posible. Es decir: final de trayecto, abrรณchense los cinturones, gracias por volar con nosotros.

Quizรก lo mรกs revelador no sea la decisiรณn judicial, sino lo que nos dice sobre nuestra cultura cรญvica: seguimos viviendo en un paรญs donde la confianza pรบblica es un cristal que se rompe con demasiada facilidad. Cada caso de corrupciรณn โ€”supuesta o demostradaโ€” nos recuerda que la dignidad humana, tan manoseada en discursos, apenas se sostiene si quienes gestionan lo colectivo olvidan que el poder es servicio, no botรญn.

Conviene recordarlo ahora, mientras las sirenas se alejan y los focos mediรกticos se encienden: la justicia no necesita hรฉroes, solo ciudadanos que no huyan cuando llega la hora de rendir cuentas. Porque al final, la grandeza de una sociedad no se mide por la altura de sus escรกndalos, sino por la firmeza con la que exige que todos โ€”sรญ, todosโ€” respondan ante la ley.

Ensayos para el Fin del Mundo (Otra Vez)

A veces da la sensaciรณn de que el mundo es un inmenso patio de colegio donde dos niรฑos muy grandes โ€”digamos del tamaรฑo de continentesโ€” compiten para ver quiรฉn tiene el palo mรกs gordo. El problema es que ese palo no es un palo, sino una bomba nuclear capaz de borrar ciudades como quien sopla el polvo de un mueble. Y aun asรญ, ahรญ estรกn: empujรกndose, seรฑalรกndose con el dedo y asegurando que si tรบ lo haces, yo tambiรฉn, ese mantra infantil que conocemos desde que aprendimos a decir โ€œmamรกโ€.

Estos dรญas, Estados Unidos y Rusia vuelven a mirarse como dos vecinos que comparten jardรญn, pero tambiรฉn odio mutuo y un bidรณn de gasolina. Washington afirma que Moscรบ prepara pruebas nucleares. Moscรบ dice que no, pero que si Estados Unidos las hace, entonces ellos tambiรฉn. Es la vieja danza del espejo, ese juego perverso que consiste en apoyar la mejilla contra el vidrio y fingir que no eres tรบ quien mueve el reflejo.

El portavoz ruso Peskov, con ese tono que mezclan las altas autoridades cuando pretenden sonar responsables pero no renuncian a la amenaza, insiste en que Putin no ha dado la orden. Todavรญa. โ€œAntes debemos considerar si es necesarioโ€. En diplomacia, frases asรญ se traducen mรกs o menos como: No te estoy apuntando con el arma, solo la estoy cargando por si acaso.

Por su parte, la Casa Blanca tampoco se queda atrรกs. Trump โ€”ese emperador que juega a estadista como quien improvisa en un karaokeโ€” anuncia que Estados Unidos reanudarรก sus propias pruebas, porque, bueno, โ€œotros tambiรฉn lo estรกn haciendoโ€. No hay decisiรณn estratรฉgica mรกs peligrosa que la tomada bajo la lรณgica del patio de recreo.

Lo trรกgico es que, mientras los dos colosos miden sus sombras nucleares, el resto del planeta mira desde la grada. Algunos aplauden. Otros tiemblan. Y millones simplemente siguen trabajando, pagando alquileres, intentando llegar a fin de mes, sin saber que su existencia depende de que dos hombres, en ciudades lejanas, tengan un buen dรญa.

Quizรก la locura mรกs grande sea lo normalizada que estรก esta posibilidad. Que hablemos de โ€œreactivar ensayos nuclearesโ€ con la naturalidad con la que uno comenta el tiempo. Como si estos ensayos fueran fuegos artificiales. Como si no estuviera en juego la delicada piel azul que cubre nuestro planeta, esa capa finรญsima que sostiene toda vida y que podrรญa convertirse en ceniza en un parpadeo.

Y, sin embargo, todavรญa estamos a tiempo. La humanidad โ€”cuando quiereโ€” ha demostrado ser capaz de frenar abismos, apagar incendios, construir puentes sobre sus propias ruinas. Pero eso exige algo que no abunda en los palacios del poder: humildad.

Porque hay algo que deberรญamos recordar, siempre:

No hay ganador en una guerra nuclear.

Solo ceniza.

Y el silencio.


Un aรฑo de la Dana

En el Museu de les Ciรจncies de Valรจncia, ese templo futurista que algunos imaginan como la catedral de un maรฑana que nunca termina de llegar, hoy no se hablaba de progreso, ni de ciencia, ni de esa eterna promesa de que todo irรก mejor si seguimos haciendo como que entendemos las instrucciones del mundo.
Hoy se hablaba de ausencias.

Doscientas treinta y siete.
Una cifra que deberรญa escribirse con silencio, porque cualquier nรบmero que contiene vidas no es un dato: es una herida.

Los familiares entraron con fotos impresas en camisetas, retratos sostenidos con manos que ya saben demasiado bien lo que significa sostener lo irrecuperable. No habรญa solemnidad artificial. Habรญa respiraciรณn temblada, ojos rojos que han aprendido a llorar hacia dentro y hacia fuera a la vez. Habรญa ese murmullo que solo existe en los funerales donde el dolor es demasiado preciso para la retรณrica.

Las autoridades llegaron como llegan siempre: en bloque, como quien se enfrenta a una obra pรบblica que hay que inaugurar. Pero hoy el guion se torciรณ. Hoy no habรญa alfombra mental posible. Porque en la puerta, el aire olรญa a memoria, y la memoria no tiene paciencia con la cortesรญa.

Cuando el nombre de Carlos Mazรณn flotรณ en la sala โ€”ese nombre que para algunos representa gestiรณn, y para otros abandono, promesas tardรญas o directamente ausentesโ€” no fue recibido con los aplausos de lo institucional, sino con gritos que no requerรญan altavoz:
โ€œAsesinoโ€.
โ€œRataโ€.
โ€œCobardeโ€.

No es que hoy fuera dรญa de confrontaciรณn, como รฉl proclamรณ en su declaraciรณn previa. Es que la confrontaciรณn les llegรณ primero a ellos: la de las aguas que se tragaron casas, calles, cuerpos y futuros. La del vacรญo posterior. La del telรฉfono que nadie contestรณ. La de la ayuda que no venรญa.
Quienes gritaron hoy no gritaban polรญtica.
Gritaban duelo, que es la voz mรกs antigua y menos domesticada de todo lo humano.

Mientras se leรญan los nombres, uno a uno โ€”como quien enciende velas sin querer apagarlas jamรกsโ€”, la sala se alzรณ en aplausos largos, hondos, casi rabiosos. Porque hay homenajes que no buscan paz, sino memoria viva.
Sostuvieron las fotos en alto.
Como quien sostiene una bandera que no pidiรณ, pero que se niega a soltar.

Y uno entiende โ€”volviendo a caminar por los pasillos blancos del museoโ€” que la dignidad no la dictan los discursos, sino los cuerpos que recuerdan. Que los funerales no son para cerrar heridas, sino para declararlas visibles.

Porque una sociedad que no escucha a sus muertos
acaba olvidando que vive.


Politicos y mรกs

En este paรญs, donde los polรญticos creen que el diccionario es un arma arrojadiza y la retรณrica una vacuna contra la realidad, resulta fascinante contemplar cรณmo un objeto tan pequeรฑo como una pulsera puede desnudar la desvergรผenza de todo un sistema. Hablo, claro, de esas pulseras antimaltrato que, segรบn la ministra Ana Redondo, โ€œhan funcionado en todo momentoโ€. Ah, bendita frase: tan impecable en su sintaxis como hueca en su humanidad.

Porque mientras la ministra conjuga verbos con la tranquilidad de quien cree que la gramรกtica salva vidas, hay mujeres que escuchan en sus muรฑecas no el pitido de la seguridad, sino el sonido del vacรญo. La ilusiรณn de protecciรณn โ€”como bien recordรณ Risto Mejide con la rabia de un predicador en directoโ€” es mรกs cruel que la desprotecciรณn misma. Un espejismo de seguridad convierte a la vรญctima en cรณmplice involuntaria de su propia indefensiรณn. Es como entregar un chaleco antibalas de papel y sonreรญr satisfechos con el envoltorio.

Y, claro, ahรญ aparecen los coros mediรกticos, disciplinados como frailes de un convento de la desmemoria, repitiendo con fervor lo que dicta la ministra: โ€œfuncionan, funcionan, funcionanโ€. Papagayos de la polรญtica, loros con micrรณfono que confunden la lรญnea editorial con la lรญnea de obediencia. Mejide los llamรณ obscenos; yo aรฑadirรญa: obscenamente previsibles. Porque en esta coreografรญa ya sabemos de memoria el guion: el poder niega, los portavoces difunden, la realidad grita y, mientras tanto, alguien muere en el silencio.

Lo grotesco no es que fallen los aparatos โ€”todo artefacto humano fallaโ€”, sino que falle la voluntad de reconocerlo. Que el Gobierno, ese gran prestidigitador de comunicados, prefiera apuntalar la ilusiรณn antes que reparar la grieta. Y que lo haga en un terreno tan sensible como el de la violencia de gรฉnero, donde cada mentira cuesta carne, lรกgrimas y, a veces, lรกpidas.

Mejide, con su ironรญa de bisturรญ, parece mรกs un fiscal involuntario que un presentador. Y quizรกs ahรญ estรก la tragedia: necesitamos que un publicista de gafas oscuras nos recuerde lo que deberรญa ser evidente para cualquier responsable pรบblico. La dignidad no se negocia, ni se maquilla, ni se protege con frases hechas.

Al final, la pregunta es brutal en su sencillez: ยฟquรฉ pesa mรกs, la verdad incรณmoda o la mentira tranquilizadora? La historia demuestra que los gobiernos suelen apostar por lo segundo, pero la dignidad humana exige lo primero. Porque una pulsera que falla puede ser corregida. Una sociedad que se acostumbra a creer que no falla, aunque se rompa en las muรฑecas de quienes mรกs necesitan protecciรณn, ya estรก perdida.

Y en ese espejo nos miramos: ยฟqueremos seguridad real o placebo institucional? La respuesta, como siempre, late en la conciencia de cada cual. Pero recuerden: los espejismos, tarde o temprano, se disipan. Y cuando el desierto aparece, lo hace sin compasiรณn.

16 de Agosto de 2025

Las cenizas de nuestra vanidad

El verano espaรฑol, un aรฑo mรกs, ha decidido pintar el mapa con una paleta de grises. Pero no de esos grises melancรณlicos y suaves de las maรฑanas de noviembre, sino de un gris violento, el de la ceniza que se levanta de un paรญs abrasado. Y mientras la tierra se quema, los dioses de nuestro olimpo mediรกtico, con sus mรณviles de รบltima generaciรณn y sus trajes de lino, nos sirven el espectรกculo de la catรกstrofe en pรญldoras digitales.

Es el ritual de la tragedia en directo: los ministros que visitan a los hรฉroes, los presidentes que telefonean a sus homรณlogos, los lรญderes de la oposiciรณn que exigen mรกs despliegues. Y todos, todos, con la misma urgencia teatral, se desplazan a la zona cero. Como si su presencia, una suerte de incensario polรญtico, pudiera bendecir el aire y extinguir las llamas con el mero peso de su cargo. ยซSeรฑor, no hay palabras para agradecerlesยป, dice una ministra a la UME, mientras las cรกmaras graban el momento en que se inmortaliza su humanidad. El incendio, al fin y al cabo, es solo un escenario, una gigantesca alfombra roja de tierra calcinada sobre la que desfila la vanidad de nuestra clase dirigente.


Mientras tanto, en las trincheras del humo, los bomberos, los militares y los vecinos luchan con el cuerpo, el corazรณn y las herramientas contra un enemigo que no entiende de discursos ni de comunicados. La realidad del fuego no es un tweet ni un titular; es el olor a madera quemada que se pega a la piel, el grito desesperado de los animales que huyen de la muerte, el miedo primordial de una familia que ve cรณmo las llamas lamen los cimientos de su hogar. Es la carretera cortada que se convierte en una metรกfora de nuestra impotencia, el AVE detenido que nos recuerda que ni siquiera la modernidad puede escapar al poderรญo primitivo de la naturaleza enojada.

Y la sรกtira se vuelve aรบn mรกs cruel cuando vemos a un ministro explicar que no habrรก autobuses porque la carretera estรก cortada (algo probable de nuevo), o a un presidente de comunidad que pide mรกs medios mientras el fuego baila en su patio trasero. Es una danza de excusas y de promesas, de demandas y de justificaciones, que nos hace preguntarnos: ยฟa quiรฉn sirven estos rituales? ยฟAl pueblo, a los รกrboles, a los animales que perecen, o al simple y banal teatro de las apariencias?

Porque al final del dรญa, cuando las luces de la televisiรณn se apaguen y las portadas de los periรณdicos se vuelvan viejas, lo รบnico que quedarรก serรก el silencio de la tierra quemada. Un silencio que gritarรก mรกs alto que todas las declaraciones polรญticas y todas las comparecencias en directo. Es el lamento de un paisaje que se ha convertido en un cementerio, una herida abierta en el corazรณn de un paรญs que se debate entre la furia de lo natural y la frivolidad de lo humano.

La naturaleza no pide disculpas ni pide refuerzos. Sencillamente, actรบa. La verdadera pregunta no es quรฉ haremos cuando llegue el prรณximo incendio, sino quรฉ haremos para que el grito de la tierra nos recuerde nuestra propia insignificancia.

17 de julio de 2025

El banquete interminable

El paรญs arde en sus fuegos lentos, no los del apocalipsis, ni del calor que hace, sino los de la pereza moral, y entre las brasas humeantes de la actualidad se levanta una frase que chispea como carbรณn bien dicho: โ€œDe la boda de la hija de Aznar solo quedan los camareros por imputarโ€. La firma… Gabriel Rufiรกn, que cuando quiere, deja de ser un tuitero con escaรฑo para convertirse en un juglar del sarcasmo ibรฉrico.

Y tiene razรณn. Porque en aquella boda no solo se casaron dos personas: se celebrรณ una liturgia de poder, una misa negra de las รฉlites donde se consagraban pactos, impunidades y puros habanos de media tarde. Las imรกgenes siguen ahรญ, congeladas en el รกmbar de la vergรผenza estรฉtica: ministros, empresarios, prelados, banqueros y constructores con trajes que olรญan a naftalina y sobres. Parecรญan salidos de un cuadro de Goya pintado con la tinta del BOE.

Aรฑos despuรฉs, uno a uno, los novios del dinero fรกcil y los padrinos del Ibex han ido cayendo. No por justicia divina, que en Espaรฑa llega, si llega, en muletas y leyendo el sumario por el camino, sino por esa fuerza telรบrica que es la estadรญstica: cuando se roba tanto, es difรญcil que no se te caiga un billete al suelo.

Ahora le ha tocado al seรฑor Montoro, exministro de Hacienda, el mismo que perseguรญa con celo de inquisidor a los autรณnomos que facturaban 400 euros al mes, mientras bajo la mesa se desataban favores que olรญan a gas, pero no precisamente del que calienta el hogar.

Rufiรกn ha hecho lo que debe hacer todo cronista con alma: mirar el lodazal y soltar la carcajada lรบcida. Porque el humor, cuando nace del hartazgo, no es evasiรณn, sino diagnรณstico. Es el informe forense de una democracia a la que le siguen sobrando marqueses y faltando maestros.

Decรญa Orwell que reรญrse del poder es un deber. Aquรญ, a veces, es tambiรฉn el รบltimo consuelo.

Porque mientras en los juzgados se suceden los imputados como en una tragicomedia sin final, el pueblo, ese invitado sin silla, sigue esperando que alguien le devuelva el pan que se llevaron los seรฑores del convite.

Y ya que de la boda solo faltan los camareros por caerโ€ฆ que caigan tambiรฉn. Aunque sea por dignidad. Aunque sea por cerrar, al fin, la barra libre.


12 de julio de 2025

El Dios de las balas y la ignorancia

A mediados de abril, mientras Europa jugaba a la primavera y TikTok enseรฑaba cรณmo doblar sรกbanas bajeras sin perder la dignidad, en el estado nigeriano de Plateau al menos 51 cristianos fueron asesinados por una de esas bandas armadas que reparten muerte con el fervor de un misionero y la precisiรณn de una carnicerรญa industrial. Los llamaron โ€œpastores fulaniโ€, como si llevar ganado eximiera del pecado, como si el nombre de un grupo รฉtnico pudiera suavizar el filo de un machete o justificar la quema de una iglesia.

Leรญ la noticia con el estรณmago apretado, como se leen los obituarios de los que uno no conociรณ pero reconoce: campesinos, niรฑos, mujeres, vidas humildes que solo tenรญan el consuelo del rezo y una comunidad donde el domingo aรบn significaba algo. Y entonces, una persona cercana โ€”muy cercanaโ€” soltรณ, con la ligereza de quien comenta el tiempo: โ€œA todos esos que han hecho eso deberรญan matarlos. A todos. Sin juicio. Sin piedad.โ€

Lo dijo con la mirada chispeante de los justicieros de sofรก. Lo dijo con la vehemencia de los devotos que han leรญdo poco pero sienten mucho. Ella, que se santigua ante cada ambulancia y guarda estampas en el monedero como quien lleva granadas. Ella, que habla de Cristo con la familiaridad de una vecina que te presta sal.

โ€”ยฟY tรบ quรฉ crees que harรญa Jesรบs con esos asesinos? โ€”le preguntรฉ.
โ€”ยกJesรบs los mandarรญa al infierno! โ€”me respondiรณ, sin pestaรฑear, con una seguridad que no suele reservar ni para las recetas.
โ€”Pues quรฉ curioso โ€”le dijeโ€”, porque el Jesรบs que yo conozco fue ejecutado por un sistema que hacรญa justo eso: matar sin juicio a los que molestaban.

Me mirรณ como si yo hubiera traicionado algo sagrado. Y lo habรญa hecho, claro: habรญa traicionado el consuelo de la simplificaciรณn, el opio dulce de la ignorancia militante. Porque hay algo profundamente obsceno en desear la muerte de quien mata, como si sumando violencia nos saliera justicia. Como si la venganza fuera una fรณrmula quรญmica en vez de un cรกncer del alma.

Yo no excuso al asesino. No soy tan ingenuo. Pero sรฉ que la justicia sin ley es solo barbarie con uniforme, y que cuando los cristianos se alegran de la horca, uno empieza a sospechar que el Evangelio ha sido reemplazado por Twitter y una Biblia subrayada al azar.

Lo terrible no es solo que maten en nombre de Alรก o del poder. Lo verdaderamente espantoso es que la respuesta de muchos sea soรฑar con matar tambiรฉn, pero con la cruz colgada al cuello.

Quizรก lo que nos falta no es mรกs castigo, sino mรกs inteligencia. Y un poco menos de fe ciega, esa que no ve ni a Dios cuando se le cruza por delante con las manos manchadas.


7 de Julio de 2025 Tรญtulo: La Espaรฑa que tropezรณ con una manguera de oro

Si Europa fuera una fuente y los fondos europeos su chorro, Espaรฑa acaba de escupir en el agua mientras se atusa el bigote frente al espejo. Mil cien millones de euros se nos han escurrido entre los dedos como si fueran calderilla en una chaqueta vieja. La razรณn no es el apocalipsis ni un meteorito fiscal, sino algo mรกs castizo: no se tramitรณ la subida del diรฉsel y seguimos jugando al mus con la temporalidad en la administraciรณn pรบblica, ese viejo vicio que ya tiene mesa reservada en todas las consejerรญas.

Mientras otros paรญses se ponen trajes de astronauta para subirse a la nave de la transiciรณn energรฉtica y la digitalizaciรณn, nosotros seguimos intentando arrancar el tractor con un zapato. El diรฉsel sigue siendo tratado como reliquia nacional, como si gravarlo fuera traicionar la memoria de nuestros abuelos y sus Peugeot 205. Y lo de los contratos temporales en el sector pรบblico, ay, eso ya no es desidia, es folclore institucionalizado: interinos que llevan mรกs tiempo en su puesto que el retrato del rey en la pared, sin plaza ni promesa de futuro, pero con las mismas responsabilidades que uno con nรณmina fija y cafรฉ de mรกquina.

El resultado: Bruselas nos da el tirรณn de orejas y se lleva su cartera. Y lo hace con esa elegancia burocrรกtica que tiene la Uniรณn Europea, como quien te sonrรญe mientras te retira el plato del postre. Mil cien millones que no verรกn nuestros hospitales, ni nuestras escuelas, ni nuestras maltrechas vรญas digitales por donde aรบn circula el fax con resignaciรณn de funcionario quemado.

El Gobierno dice que lo de los interinos estรก โ€œen vรญas de soluciรณnโ€, expresiรณn tan espaรฑola como decir โ€œestoy saliendoโ€ cuando aรบn no te has vestido. Nos encanta esa forma de procrastinar con dignidad, de poner el cartel de โ€œreformasโ€ mientras en el interior solo hay telaraรฑas y un ventilador girando lento.

Y no, no se trata de demonizar a nadie, ni a este gobierno ni al anterior, ni al del bar de la esquina. Se trata de recordar que el dinero europeo no es un manรก caรญdo del cielo, sino una cuerda lanzada desde el futuro. Y mientras otros la trepan con decisiรณn, aquรญ preferimos discutir si la cuerda es de esparto o de cรกรฑamo.

Tal vez sea hora de dejar de tropezar con nuestras propias trampas. De dejar de ser ese paรญs que llega tarde a su propio progreso, con la corbata torcida y los papeles sin firmar. No se trata de subir impuestos por deporte ni de privatizar el alma. Se trata, simplemente, de asumir que el mundo cambia, y que o espabilamosโ€ฆ o seguiremos viendo pasar los trenes desde un andรฉn que ya ni tiene reloj.

Porque a veces no hace falta una revoluciรณn: basta con hacer, de una maldita vez, lo que ya sabรญamos que habรญa que hacer.


Hoy dos bebรฉs palestinos han muerto de hambre en Gaza, y el mundo bosteza con la mandรญbula desencajada de tanto mirar pantallas. Dos criaturas diminutas โ€”Nidal, de cinco meses, y Kinda, de diez dรญasโ€” se han evaporado de la existencia porque, en pleno siglo XXI, la leche y los medicamentos son lujos que dependen de permisos, fronteras y bloqueos. Y mientras, la humanidad se entretiene debatiendo si es correcto llamar genocidio a lo que se parece tanto a un genocidio que casi serรญa grosero llamarlo de otra forma.

Nos hemos vuelto contables de cadรกveres, estadรญsticos del espanto. โ€œAl menos dos bebรฉsโ€, dice la noticia, como si la palabra โ€œal menosโ€ les quitara frรญo a esos cuerpecitos o consolara a sus padres, que los han enterrado en la arena caliente de Jan Yunis. Y en la misma frase conviven los muertos, las agencias de noticias y las instituciones mudas, como si nada de esto fuera demasiado raro.

He visto gentes furiosas en las redes, discutiendo quiรฉn empezรณ primero. Quรฉ mรกs da quiรฉn empezรณ primero si lo que sigue es una orgรญa de muros, drones y niรฑos que mueren sin biberรณn. Esto no es polรญtica internacional; es el fracaso absoluto de lo que deberรญa significar la palabra humano.

La desnutriciรณn, en Gaza, no es solo la escasez de comida. Es la carencia de dignidad, de derecho a la vida, de que un niรฑo pueda llorar de hambre y alguien le acerque un vaso de leche en vez de un parte militar. Hemos llegado al punto en que un bebรฉ debe negociar su supervivencia con soldados, con tรบneles, con ministros en despachos que se lavan las manos como Pilatos, pero en lenguaje diplomรกtico.

Y mientras tanto, los lรญderes del mundo siguen โ€œexpresando preocupaciรณnโ€. ยกPreocupaciรณn! Una palabra tan liviana que se la lleva el viento, tan inรบtil como un susurro en medio de un bombardeo.

No me importa tu bandera ni tu himno. Me importa que hoy, dos bebรฉs han muerto de hambre en la Tierra que llaman Santa. Y si eso no nos estremece hasta lo mรกs profundo, entonces no hay santidad ni humanidad que salvar.

Porque si no gritamos por Nidal y por Kinda, maรฑana seremos nosotros los que muramos de silencio.


Arcoรญris bajo vigilancia: crรณnica de un Pleno con caspa y confetiโ€

Por un cronista que aรบn cree en el amor.

Madrid amaneciรณ otra vez con ese aroma a mezcla de Chanel Nยบ5 y Varรณn Dandy que deja siempre un Pleno municipal. En el salรณn de Cibeles, entre promesas de urbanismo y amenazas de querellas, se mascaba un ambiente tan tenso como una primera cita entre un votante de Vox y un drag queen vegano.

Josรฉ Luis Martรญnez-Almeida, alcalde, jurista, padre en potencia y azote de las izquierdas desordenadas, volviรณ a calzarse la toga retรณrica para regalarnos perlas como: โ€œSer de izquierdas es la coartada perfecta para tener prostitutas pagadas con dinero pรบblico.โ€ Y uno, que cree en el amor libre y en la gestiรณn honrada (aunque ya no se lleve), solo puede pensar: hombre, Josรฉ Luis, ยฟy si dejamos de juzgar las orientaciones ideolรณgicas por sus fiestas privadas?

Mientras tanto, Reyes Maroto blandรญa una kufiya con gesto entre simbรณlico y H&M primavera-verano, tratando de recordarnos que en Gaza la cosa estรก fea. Pero claro, para eso hacรญa falta esquivar la tormenta de banderas y testosterona que ocupaba ya el pleno.

Porque sรญ, amigos, apareciรณ la bandera LGTBI. Esa misma que algunos acusan de ser provocadora, como si fuera una minifalda legislativa, mientras otros la ondean como si pudiera disolver la corrupciรณn por รณsmosis. Que la edil socialista Marรญa Caso desplegara la bandera arcoรญris en su escaรฑo fue como echarle purpurina a una bronca en un taller mecรกnico. Y Vox, con su reacciรณn medida y siempre elegante, respondiรณ colocando tres banderas de Espaรฑa. A falta de argumentos, buenas son banderas.

Josรฉ Fernรกndez, delegado de Polรญticas Sociales, nos dejรณ su reflexiรณn antropolรณgica del dรญa: โ€œCon esa bandera usted me hubiera colgado a mรญ de un tejado en Palestinaโ€. A lo que uno solo puede replicar: querido Josรฉ, aquรญ no estamos en Gaza, estamos en Chamberรญ. Aquรญ no se cuelga a nadie (salvo los toldos de Sol, si hay presupuesto).

Y mientras las banderas competรญan por el territorio como en una pelea de gallos con broches institucionales, la polรญtica madrileรฑa seguรญa su curso: se aprobรณ el plan de la Ermita del Santo, se hablรณ de autobuses y de sombras veraniegas, aunque todo pasรณ como quien lee la letra pequeรฑa del amor: estรก ahรญ, pero nadie la entiende del todo.

Al final, el resumen es sencillo: entre corruptelas, paรฑuelos, banderas y declaraciones con aroma a tertulia de bar a las 3 de la maรฑana, lo que sigue sin debatirse es lo que realmente importa: el derecho a amar sin que te lo fiscalicen, a ondear sin que te lo cuestionen y a vivir en una ciudad donde el arcoรญris no necesite permiso para salir.

Asรญ que sรญ: que se ilumine Cibeles, que se besen los novios, que cada uno ondee lo que le dรฉ la gana โ€”bandera, paรฑuelo o abanicoโ€” y que algรบn dรญa, por favor, nos gobiernen menos como si estuvieran en Sรกlvame Deluxe y mรกs como si de verdad les importara nuestra libertad.

Porque este mundo necesita menos querellas y mรกs besos. Menos patrias y mรกs plazas. Menos ruido, y mรกs arcoรญris.

Y si puede ser, mรกs toldos tambiรฉn. Que el verano aprieta.

6 respuestas a ยซLa vida…ยป

  1. Avatar de Arancha
    Arancha

    ยกNo se puede describir mejor! Totalmente de acuerdo, vergรผenza y rabia.

  2. Avatar de Leo
    Leo

    Me encanta como escribes, sigue asรญ

  3. Avatar de Kumharas editores
    Kumharas editores

    toda la verdad, vergรผenza

  4. Avatar de Nuria
    Nuria

    Lo has relatado tal cuรกl, ni mรกs ni menos, una vergรผenza.

  5. Avatar de Marรญa Gemma Berrocal Ortiz
    Marรญa Gemma Berrocal Ortiz

    Me encanta tus columnas , como destripas los acontecimientos de este paรญs.Bravo

  6. Avatar de Yolanda Banderas
    Yolanda Banderas

    Los de arriba se pasan perdiendo el tiempo, con el y tรบ mรกs, por que en el fondo, la sociedad les importa bien poco, triste pero cierto!!!

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